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N U M E N E S

N U M E N E S

Alberto de la Torre Mayado

(1974)

 

El ser humano siempre busca y anhela aquello que sabe que no podrá poseer o disfrutar por
completo. Siempre añoramos aquellos lugares desconocidos, incluso inexistentes, ya sean estos
apocalípticos, violentos, perturbadores, intensamente pasionales, utópicos, fantásticos o
completamente imposibles de ser creados y creídos en el mundo que habitamos. Siempre
intentamos hacer un viaje alrededor de nuestro mundo para ver si por casualidad podemos encontrar
el paraíso perdido. El arte es entonces el ámbito hacia el que nos movemos cuando buscamos
protección inmortal, deseos escondidos, recónditos, deseos que anhelamos ver cumplidos, cuando
buscamos resquicios de esperanza que nos camuflen del día a día, que nos hagan romper así con la
rutina de sensaciones planas.

El arte es el espacio donde la persona entra en contacto con un
lenguaje tan propio que llega a ser inquietante, un lenguaje auténticamente primitivo y que nace en
nosotros mismos. Un lenguaje común, compartido por todos los mortales.
En medio del caos y de la parálisis cerebral que hoy en día estamos viviendo, a favor de una “noreflexión”
constante que pretende convertir en máquinas a las personas, el hombre ha de intentar
seguir vinculado de alguna manera a sus orígenes, siendo el arte su arma más auténtica, y, aunque
algunos no lo crean, más cercana, el arma más humana. En medio del caos debe haber un espacio
para el silencio, un espacio hecho de silencio, un lugar común.

Alberto de la Torre Mayado (Zamora, 1974) no permite que la contaminación del lenguaje irrumpa
de algún modo en su obra. De ahí que su obra sea universal, tocando distintos estilos y técnicas, así
como diversas maneras de mirar y pensar, “repensar”. Pocas veces la pintura ha dicho tanto sin
mostrar en momento alguno algo que no sea silencio, lo que no significa que esté vacía de
significado. “La pintura- decía Jusep Torres Campalans- no debe decir nada. Ha llegado la hora de
hacer una pintura muda, una pintura sorda, una pintura abierta en canal que enseñe sus tripas”.


Todo es una cuestión de palabras, o más bien se trate de la ausencia de ellas. Porque en los tiempos
remotos que se evocan en estas obras está ausente toda palabra a favor del poder del movimiento, de
la vida que surge entre las figuras que forman parte de la composición. Al observar estas pinturas
una parte importante de nosotros despierta y se remueve a favor de intentar recuperar nuestro
origen, lo más auténtico de nosotros mismos, lo que entra en conexión con la propia naturaleza: lo
primitivo, lo verdaderamente original, que al fin y al cabo ha de verse como lo más vivo de nosotros
y que hoy en día parecemos estar obligados a abandonar.


La reinvención que Alberto ha vivido a lo largo de su trayectoria impide que se le pueda etiquetar
bajo un “estilo” determinado. Un hombre del mundo de hoy ha de saber reinventarse a sí mismo
constantemente. El ritmo inagotable e inabarcable del día a día no permite que tomemos una
posición determinada. La vida hoy no está preparada para los cobardes, y todo aquel que intente
quedarse paralizado un sólo instante, cuando vuelva a caminar, se dará cuenta de que muchas cosas
han cambiado. Es ahí donde el arte tiene lugar, en ese instante en el que perdemos la conciencia del
ser y nos alejamos un instante de nuestros pensamientos. ¿Por qué buscar nombres a distintos
lenguajes de tan diversos artistas? Alberto de la Torre huye de todo vínculo, de todo peso, porque su
obra forma parte de su propia libertad como pintor, un pintor enmarcado en su propio presente, que
al fin y al cabo engloba también su pasado. Ahí reside la capacidad de desarrollar una pintura de
carácter no figurativo, figurativo, simbólico, o de rasgos ligados a un carácter más carnalizado de la
pintura. Al fin y al cabo, lo que se trata es de buscar la unión entre naturaleza y hombre. Naturalizar
al hombre. De ese modo el pintor entronca con la necesidad existente en el Romanticismo de, en
palabras de Rafael Argullol, “dar a la naturaleza un corazón humano y al hombre un alma natural.”
En la obra de Alberto de la Torre existe una tensión trágica entre héroe y hombre, entre naturaleza y
mundo ajeno y paralelo al real. El Príncipe de las Flores (2010) es un desafío a la fragmentación
del mundo y con él al de la humanidad luchando desde la mayor de las sinceridades: la inagotable
naturaleza que todo domina, a pesar de que nosotros temamos admitirlo. Este príncipe lucha contra
esa resignación que parece haber adoptado la humanidad ante el mundo de hoy y lo hace
camuflándose en la pureza.

¿Qué hombre o dios es ésto? El hecho de que no veamos sus ojos no
significa que no estén ahí. Todos hemos hecho trampa alguna vez. El Príncipe de las Flores es el
líder imparable de las distintas cabezas (de fuerza incomparable y que, sin duda, serían tema único
de estudio) que forman parte de la diversa producción de Alberto de la Torre.
Esa humanidad doblegada y que espera la redención, la llegada de ese príncipe, parece estar
presente en las figuras de Las Orantes (2009). Todo alrededor se desmorona ante estos cuerpos que
huyen arrodillándose ante la tierra,

 

 

Pero no todo es huida y miedo. En medio de estas sensaciones límites y estos terrores tan nuestros
también queda resquicio para la esperanza y la tranquilidad de pensar que siempre habrá alguien
que pueda tendernos una mano, una ayuda, que nos deje respirar de su misma esencia. El hombre
necesita beber de los demás para sentirse vivo, y necesita por igual sentir ese contacto con la
naturaleza que le rodea, con el mundo del que nace y hacia el que se dirige. En sus pinturas Alberto
de la Torre dota a la naturaleza de alma e inteligencia (el anima mundi platónica), que contiene a
todos los seres del universo, conectados unos a otros. De ahí surgen pinturas tales como Dream
Land o Mushroom Night (2012 y 2011 respectivamente), en las que organismo y ser humano entran
en contacto, produciéndose una simbiosis en un espacio no figurativo que, como fondo
compositivo, actúa como aquel mundo perdido y ajeno a nuestro día a día y al que sin embargo a
veces seguimos llegando, sea el trayecto a través del sueño o del amor.


En Batalla Nectalis & Mentulas (2011) el artista logra crear una sensación de espacio continuo que
le permite introducir ritmos orgánicos en un espacio tan agresivo como es el de una batalla, donde
la victoria será el fin y la muerte la constante desde el principio hasta que ya no queden más fuerzas
para gritar. Pero aquí el ruido se aleja. Esta batalla es silenciosa, es una batalla en la que la violencia
más sensual baña el lienzo. El cuadro va transformándose no en una única unidad compositiva
regida por unos cálculos determinados, sino que las propias figuras se van diluyendo en ese fondo
que ya no se rige por una visión espacial acorde con la realidad; estas figuras van creando unas
asociaciones rítmicas que hacen que nosotros, al situarnos delante de este cuadro, giremos
suavemente la cabeza y que, aún en medio de un paisaje casi apocalíptico, sintamos una pequeña
parte de nosotros mismos reflejada en esa superficie que es pintura, porque el conjunto es una fiesta
para los ojos. Las asociaciones rítmicas establecidas por las figuras de esa batalla sugieren la
imagen de un todo en el que nosotros somos admitidos desde fuera, desde esta realidad, somos parte
de un fragmento cosmogónico.


Al tiempo que Alberto crea grupos, masas de gente irreconocible, desconocida, cuyo único fin es
morir o vencer a la muerte en esa batalla en la que el cielo arde, también existe un espacio para la
singularidad, el individuo en sí mismo, la mayor de las soledades. Adán y Eva (2009) son el símbolo
de nosotros mismos, viajeros perpetuos, nómadas incansables que seguimos buscando para acabar
huyendo, sea o no un error lo cometido. De Adán y Eva pasamos a rasgarnos ante esa mirada vacía
y ese silencio ensordecedor que se esconde en la Sábana de Turín (2007). El escalofriante reflejo de
este rostro perdido en medio del lienzo lo confirma como uno de los mayores desgarros jamás
mostrados. Al fin y al cabo, y dejando de lado toda cuestión de fe o sentimiento religioso, la historia
de Occidente, cuya tradición es la cristiana, se ha construido sobre unos pilares en los que la pasión
y el sufrimiento eran los elementos que definían la persona de su Mesías. Este rostro mostrado
como una radiografía es despojado de toda connotación religiosa y se hace carne, se convierte en
materia.


Estamos expuestos a esas miradas, vacías pero no ausentes de emoción y fuerza. Somos observados
por figuras deformes y seres que se alejan de la definición de lo humano. En el caso de los
Durmientes (2006), somos un juego que es observado e incluso puede ser tocado. Esa mujer de
espaldas y abierta sexualmente nos invita a formar parte de un ritual, de un banquete quizás, en el
que el primer y segundo plato somos nosotros. Este pequeño homenaje a una de las señoritas de
Avignon de Picasso no podía relacionarse con otra cosa que no fuera ese olor a sexo que recibimos
tan directamente de una de las mejores pinturas de Alberto de la Torre. Pocas veces unas siluetas
sobre un espacio blanco dijeron tanto en silencio. En Furia (2005) somos observados, estamos
siendo devorados por una sucesión infinita de caras de desconocidos, un gran número de veces
incluso monstruosas, y sin embargo, no deseamos alejarnos. Porque lo difícil es permanecer ante
ellas, lo difícil es, siempre, aguantar, ser fuertes y saber continuar en un mismo sitio, aunque este
cambie constantemente.
Para Gerhard Richter, “uno debe creer en lo que hace, debe comprometerse en su interior para hacer
pintura. Una vez obsesionado por ella, se siente impulsado finalmente a creer, hasta cierto punto,
que la humanidad podría cambiarse mediante la pintura. Si uno está libre, sin embargo, de esta
pasión, ya no se puede hacer nada.”


En la obra de Alberto de la Torre uno cree que la humanidad puede cambiar, queda un resquicio de
esperanza para no abandonar la partida. Porque aquí florecen, en definitiva, los mayores misterios
que rodean al hombre. Pocas han sido las ocasiones que el ser humano ha podido entrar en contacto
directo con sus orígenes, los auténticos, con sus inquietudes que más profundamente esconde para
día a día superar los obstáculos de este mundo. Esas inquietudes, tales como el amor, el miedo al
fin, la muerte, la cercanía con otros seres más o menos inquietantes que uno mismo, son las que nos
mantienen vivos, queramos o no admitirlo. El amor nació al principio de los tiempos, la
preocupación por el fin de nuestras vidas también, el miedo a proteger y ser protegidos, controlados,
el miedo a estar solos o rodeados. Y es ahí donde la obra de Alberto de la Torre tiene lugar. En el
génesis, en los inicios. Nada debemos temer, puesto que nada ha sucedido todavía. 

 

 

 

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