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EL ANIMAL DE LOS OBJETOS

EL ANIMAL DE LOS OBJETOS

NOMBRAR 

 

La clasificación de los objetos del mundo es uno de los primeros pasos en la formación de una disciplina científica. Estas clasificaciones no surgen de la nada, sino que históricamente se han apoyado en conocimientos y taxonomías empíricos. Los agricultores tienen un extenso saber sobre las plantas, los suelos, los climas o los animales de su entorno, el cual se manifiesta en las palabras que forjan para designarlos. Los nombres adjudicados a los objetos en las sociedades tradicionales implican una taxonomía básica que ha sido usada por la ciencia en varios sentidos, además son guías para sus propias clasificaciones.

 

Treviranus y Lamarck, quienes al comienzo del siglo XIX utilizaron el término Biología para describir: «todo lo que es común a vegetales y animales, como todas las facultades que son propias a estos seres sin excepción, debe constituir el único y vasto objeto de una ciencia particular, todavía sin fundar, que, incluso, no tiene nombre y a la que daré el nombre de Biología». Frase sacada de una monografía de Lamarck publicada en 1801.

Lamarck creyó haber formulado un nuevo término y haber creado una nueva ciencia. Sin embargo, parece ser que no fueron ni Treviranus ni Lamarck los que acuñaron el término Biología y habría que acudir a Michael Christoph Hanoi, discípulo de C. Wolff, quien ya en 1766 había utilizado el término Biología en el subtítulo del tercer tomo de su obra Philosophia Naturalis sive Physica dogmatica: Geology, Biology, General Phytology and Dendrology. La Biología nace con la pretensión de formar parte de una de las ciencias de la naturaleza (Naturwissenschaft) como oposición a la Filosofía natural (Naturphilosophie) que tanto había impresionado a Schelling y a los filósofos del romanticismo.

En una obra reciente, Rafael Amo Usanos, citando a F. T. Gottwald, ha propuesto que en la historia del pensamiento biológico se dan tres grandes periodos que se corresponden con otras tantas cosmovisiones (vitalista, materialista y organicista): la del Timeo platónico, donde el universo es imaginado como un inmenso viviente, la dominada por la cosmología mecanicista y la tercera sería la del paradigma de la complejidad.

Ahora bien, desde el momento en que la Biología se constituye como ciencia que estudia lo que es común a todos los organismos vivos, se plantea para todas las ciencias la relación entre Biología y Filosofía.

En la era de la Biotecnología, la Biofilosofía vuelve a plantearnos los mismos problemas recurrentes, como podemos ver en el título de la obra de Étienne Wilson: De Aristóteles a Darwin (y vuelta). Ensayo sobre algunas constantes de Biofilosofía. Podríamos parafrasear el título y decir: desde Aristóteles a la revolución biotecnológica (y vuelta). Puesto que tratar de definir la esencia de la vida ha sido una cuestión ardua desde Aristóteles hasta nuestros días. El camino más obvio y sencillo es la descripción de los fenómenos que manifiestan los seres que llamamos vivos, por eso la mayoría de las definiciones clásicas de la vida son puramente fenomenológicas o descriptivas, empezando por la definición aristotélica.

Convencidos de que la pregunta que se hizo Schrödinger: «¿Qué es la vida?» escapa a la Biología como ciencia experimental, intentaremos introducirnos en el planteamiento del estado de la cuestión de la Biofilosofía actual en la búsqueda de las bases epistemológicas y ontológicas de la Biología que puedan conducirnos a un discurso coherente; conjuntamente estudiaremos algunos problemas que el desarrollo de la Biología experimental plantea a la fundamentación del discurso coherente al que hemos hecho alusión.

 

 

INCONSCIENCIA Y ORDEN

 

En 1962, el zoólogo británico Desmond Morris publicó La biología del arte,
resultado de una investigación con chimpancés, mediante el cual intentaba
establecer una base biológica de la creación pictórica y, a través de ella, abordar
la cuestión del origen del arte. En el campo artístico, eran épocas en las que las
neovanguardias comenzaban a crear las condiciones para las prácticas
contemporáneas, pero aún se hablaba de “arte moderno”, y el estudio de Morris
sirvió para sustentar posiciones reaccionarias frente a aquellos cambios. El título
del libro ya es toda una declaración epistemológica acerca de la cultura y anticipa
un posicionamiento sobre las relaciones entre ciencia y arte que, a treinta años
de distancia, parece de una ingenuidad irremediable.

 

Si consideramos a la epistemología como la reflexión filosófica sobre la ciencia en general y, una vez adjetivada, sobre una ciencia particular, podríamos delimitar la epistemología de la Biología, como aquella parte de la Filosofía que estudia los contenidos de verdad que las ciencias biológicas poseen y formula los cauces de significación; para ello será necesario reflexionar primeramente sobre la propia racionalidad de la Biología. El conjunto de los puntos de partida de esta racionalidad podríamos formularlos así:

Todo fenómeno puede reducirse a unas cuantas leyes físicas.
Todos los fenómenos son deterministas.
El estudio de los sistemas complejos se reduce al resultado de la conducta de sus elementos.
Afirmación del postulado de la objetividad que supone: «el rechazo sistemático de considerar como conducente a un conocimiento verdadero, toda interpretación de los fenómenos en términos de causas finales».

 

 

SER LO QUE SE SABE  ·  SER LO QUE SE IGNORA

 

No todo el conocimiento es reducible al conocimiento derivado de la física; es decir, la negativa sistemática al reduccionismo epistemológico.
La afirmación de que la propia metodología física es incapaz de abarcar el estudio de los fenómenos de alto nivel de complejidad, como son el sistema nerviosos central y los comportamientos psicosociales.
La evidencia de que los organismos vivos se comportan como totalidades, donde los elementos estructurales y funcionales están interconectados entre sí, formando una unidad que al mismo tiempo es un sistema reactivo abierto al medio.
La afirmación de que la finalidad, la emergencia y el progreso son categorías epistémicas necesarias para la construcción de todas las ramas de la Biología.La no distinción de estas dos racionalidades y querer avanzar por la arista del diedro mental sin ningún balancín crítico sumió a Jacques Monod en lo que él llamó «flagrante contradicción epistemológica». Así pues, si queremos tener un discurso racional y coherente, que nos permita reflexionar sobre las ciencias biológicas, necesitamos delimitar una serie de categorías que conformen un nuevo paradigma de comprensión.La formulación de esas nuevas categorías constituyen, a mi juicio, uno de los debates actuales en Biofilosofía, y tiene razón É. Gilson, pues los problemas son constantes y recurrentes. Las categorías o matrices conceptuales fundamentales de este discurso para la comprensión completa de los fenómenos que presentan los organismos vivos serían: comprensión holística (o totalidad), sistema, proceso, teleología, jerarquización, emergencia de novedad, evolución, desarrollo epigenético. En este artículo de Tendencias de las Religiones me referiré a los primeros fenómenos, dejando la, emergencia de novedad, evolución y desarrollo epigenético para otro artículo complementario.

 

CÉLULA

 

 

 Afirmamos que un organismo está vivo cuando percibimos su reactividad como una unidad con individualidad. Los organismos vivos se comportan como unidades interdependientes de estructuras y funciones integradas. «Hay un pequeño agregado de átomos y moléculas que no se encuentra en parte alguna del mundo que llamamos sin vida. Es exclusivo de los seres vivientes; muchos de ellos están constituidos por él, el cual forma parte de ellos como una unidad. Es una unidad con individualidad». Palabras de Sherrington, citadas por Waddington, que afirman la teoría celular y connotan el carácter de totalidad e independencia de todo organismo vivo; independencia del medio del cual paradójicamente no puede prescindir, pues el medio es parte de su misma vida.

A esta unidad con individualidad, Robert Hooke en 1665, en su obra Micrographia, dio, por vez primera, el nombre de célula. Es interesante notar que este concepto primario de unidad lo sacamos de nuestra propia experiencia; nos contradistinguimos de nuestro entorno con la afirmación del «yo», como una unidad en el espacio y en el tiempo. El organismo vivo es un todo aunque no clausurado en sí mismo. La unidad de análisis es la célula. Existe un modelo estructural único.

Teilhard de Chardin llamaría a la célula: «grano elemental de vida, como el átomo es el grano natural de la materia inorgánica». La vida comenzó en el planeta Tierra cuando comenzó la primera estructura individual, frágil e independiente, que llamamos célula. El paso de organismos unicelulares procariontes a unicelulares eucariontes y el paso de organismos unicelulares a organismos pluricelulares, así como la estructuración de ecosistemas, no son sino manifestaciones simbióticas de organizaciones jerárquicas. Dicho en otras palabras, según vayamos cambiando de escala de observación, o niveles de organización, iremos percibiendo unidades integradoras de los fenómenos observados.

Esta experiencia le hizo decir a Teilhard de Chardin: «considerada en su totalidad, la sustancia viviente extendida sobre la Tierra dibuja, desde los primeros estadios de su evolución, las alineaciones de un único y gigantesco organismo».

Así pues, para percibir la vida, no hay que perder de vista esa unidad total de la biosfera que la Bioquímica actual confirma, puesto que son los mismos para todo viviente: los veinte aminoácidos proteinogenéticos, las cuatro bases de los ácidos nucleicos, el código genético y los principales ciclos metabólicos. El que la vida sea una posibilita que se le pueda aplicar calificativos aparentemente antinómicos y decir: que es una en una multidiversidad; caduca para cada individuo y sin embargo perenne; que cada célula es independiente y dependiente del medio; indivisa y, sin embargo, está en continua división en una fase determinada del ciclo celular; y que es invariante, cuando observamos poblaciones a pequeña escala temporal y, sin embargo, es lícito afirmar también que la vida está en continua evolución. La hipótesis sobre el origen simbiótico de los organismos eucariontes, ardorosamente defendida, por Lynn Margulis, tiene cada día más comprobación experimental.

 

El ser vivo como sistema jerarquizado

 

Somos herederos de una cultura mecanicista en la que se ha dado un predominio analista, que tiene la pretensión de que el conocimiento exhaustivo de las partes nos llevaría a la comprensión del todo. La Física clásica concibió un universo determinista, en un espacio y tiempo concebidos como absolutos en el que se postulaba la ausencia de toda finalidad. En esta concepción no cabía una visión organicista del ser vivo. Por contraposición la racionalidad sistémica interpreta el universo mediante un discurso no lineal, sino complejo en el que se entrelazan diferentes niveles que se relacionan entre sí a partir de bucles interactivos. Así, la racionalidad sistémica actúa por aproximaciones, utilizando conceptos preñados de significación, con gran apertura semántica y complementariedad comprensiva.

La misma etimología de la palabra sistema (del griego: syn-ístemi, «lo colocado conjuntamente») indica un conjunto de elementos y acontecimientos, que relacionados jerárquicamente entre sí contribuyen a un determinado fin. Cualquier elemento estructural o funcional de un sistema no puede entenderse sino en relación con todos los otros elementos estructurales y funcionales del mismo. Todo sistema es una unidad, aunque no clausurada en sí misma, puesto que el sistema puede estar en continua interacción con otros sistemas jerárquicamente relacionados, formando un nuevo sistema de nivel superior, así «una función no viene determinada nunca por una estructura particular, sino por el contexto de la organización y del medio en que dicha estructura se encuentra sumergida».

El control jerárquico es una de las características esenciales y diferenciales de los sistemas vivos. Los niveles de organización y de complejidad creciente pueden observarse tanto en el orden estructural, como en el orden funcional. Afirma Fritjot Capra: «en el marco mecanicista de la ciencia cartesiana hay fuerzas y mecanismos a través de los cuales estas interactúan dando lugar a procesos. En la ciencia sistémica cada estructura es vista como la manifestación de procesos subyacentes. El pensamiento sistémico es siempre pensamiento procesual».

No tendría sentido fijarse únicamente en la organización jerarquizada para la atribución a un sistema la cualidad de vivo. Todos los artefactos construidos por el hombre, desde el más sencillo como sería una rueda, un instrumento musical, al más complejo aeroplano supersónico, son sistemas jerarquizados en todos sus elementos estructurales, pero todos ellos responden a una finalidad externa que les impuso el inventor de la rueda, el luthier o el equipo de ingenieros aeronáuticos, pues ninguno de estos aparatos por sí mismos son capaces de funcionar. El violín junto con la fricción del arco y los ágiles dedos comandados por el cerebro del violinista forman parte de una unidad jerárquica superior compuesta por el violinista y su instrumento.

La Biología, desde Aristóteles hasta nuestros días, se sigue preguntando, una vez superado todo tipo de animismo, por esa cualidad que tiene un ser vivo, un pajarillo, que le hace poder cantar y volar proclamando el territorio en el bosque en un día soleado.

fuente / WK

 

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